Periodismo y tecnología / I

Adriana Como ocurre en muchos oficios y profesiones, el trabajo periodístico ha sido “tocado” por la tecnología. Aunque su esencia y misión son las mismas que hace un par de décadas, la aparición de las computadoras y la red de redes han transformado su ejercicio.
Trasladémonos a 1980. No hay computadoras personales. Las únicas que conocemos son las enormes máquinas que aparecen en películas o en series de televisión, como la Baticomputadora del hombre murciélago, de una tonelada de peso, miles de luces y ruidos extraños. No hay fax. Y ¡dios mío! Tampoco existen los celulares.
Las grabadoras pesan un cuarto de kilo. Por eso los periodistas siempre toman notas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría utilizar diariamente y a todas horas la grabadora. Deben teclear su nota en una máquina de escribir, con varias copias mediante papel carbón, para entregar una al jefe de información, otra al jefe de redacción, otra para ellos mismos…. Por eso aprenden a escribir con los menos errores posibles.
Si no están en su lugar de trabajo, deben mandar la información por teléfono. Y si no hay teléfono a la mano, saldrán a buscar uno a alguna esquina, meterán su moneda en la alcancía y deberán contar con muchas monedas más si la nota es larga, porque a los tres minutos suena la voz de la grabadora: “para continuar, deposite sin colgar otra moneda”.
Si tienen que investigar un dato, deberán sumergirse en la hemeroteca, consultar decenas de libros, ir a centros de investigación o tocar mil puertas y realizar diversas llamadas para obtenerlo. Por eso aprenden a investigar (y a leer). Y a tomar notas, porque a lo largo de los años en esas notas encontrarán los datos que enriquecerán subsiguientes trabajos periodísticos.
En gran parte de los periódicos, persiste un rígido sistema de castas. Los principiantes son tratados con desdén. En algunos lugares ni siquiera les pagan. Son contratados como “huesos”, que deben llevar y traer por las diversas áreas del diario el material periodístico. Pero además les dan la “oportunidad” de aprender. Y dependiendo de sus propias capacidades se convertirán en correctores de pruebas o de estilo; en redactores y más tarde en reporteros, y quizá hasta en jefes de sección, de redacción o información.
Regresemos a la época actual. Las computadoras y sus programas de procesamiento de textos nos hacen la vida más fácil. Ya no hay que volver a escribir toda una cuartilla si queremos cambiar de lugar un párrafo. Las notas las guardamos en un archivo donde podrán verlas todos en la redacción o podemos mandarlas por correo electrónico o fax (aunque este último ya está entrando al final de su historia). Muchos de los datos que necesitamos los tenemos en Internet, a la mano. Incluso hay noticias destacadas que han salido de información que estaba ahí, en la red de redes, esperando que alguien se percatara de ellas, que alguien investigara (dos ejemplos: el toallagate o el caso Guido Belsasso). Pero además el sistema de castas se ha ido diluyendo, conforme se hace menos necesario llevar papeles de un lado para otro.
Los antiguos vicios persisten, ahora modernizados. Y si antes como ahora había reporteros cuya única fuente eran los boletines de prensa y los discursos, ahora ni siquiera tienen que tomarse el trabajo de reescribirlos, porque basta con que los copien directamente del ordenador, sin cambiar ni una coma. Es la era del copy paste, dicen.
Ahora muchos reporteros de medios escritos van por la vida sin tomar notas y dependen de la buena calidad de sus grabadoras. Llegan a su redacción y dedican la mayor parte de su tiempo a transcribir lo que acaban de escuchar en la conferencia de prensa. Y si su grabadora sufre una avería, sobreviene una tragedia, pues no serán capaces de escribir dos líneas. Este artefacto, que debería ser utilizado sólo para entrevistas y algunos trabajos especiales, se convierte en la libreta de apuntes y en la memoria del periodista.
En las redacciones, la dependencia de la tecnología adquiere tintes dramáticos. Porque en la mayor parte de los medios la tecnología interviene en todos los procesos y las fallas en ordenadores o redes pueden provocar una catástrofe o cuando menos retrasar y obstaculizar el trabajo diario.
Son cosas de la nueva era, impensables hace apenas 25 años.
Perla Oropeza

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