La misteriosa llama del destino

244_H414915.jpg¿Perder la memoria es perder el destino?  Sólo el desmemoriado puede saberlo.

Pero es en ese laberinto de la memoria donde se encuentran, a final de cuentas, las razones de nuestro destino.

Las heridas recibidas en la batalla de la vida son más o menos grandes, dependiendo del lugar que guarden entre los recuerdos.

Y los recuerdos no sólo son fabricados con acontecimientos, voces, sentimientos o los sentidos del gusto, la vista, el tacto, el oído y el olfato. También se fabrican de las palabras leídas, de los versos, cuentos, relatos, novelas, enciclopedias, manuales.

En La Misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco, el personaje principal, Giambattista Bodoni, tiene que enfrentarse a su propia memoria, que se ha empeñado en conservar sólo los recuerdos que ha leído en el papel.

En ese viaje hacia su pasado no tiene más herramientas que los cómics, libros y enciclopedias que ha devorado y memorizado.

De esta forma, puede recuperar por ejemplo el sentimiento del amante atormentado  al recordar la frase tomada de algún libro: “Le hundía un cuchillo en el corazón y lo hacía girar dos veces” o “cuando llegamos a la estación de Roma, la tarde del Viernes Santo, y nos separamos y ella se alejó en el coche entre la niebla, ¿no me pareció haberla perdido para siempre?”.

Pronto se da cuenta de que no se puede fiar por completo en lo que ha leído.  “Los poetas mienten,  embusteros como todos los de su estirpe”. ¿O no es cierto que hablan de ramos de rosas y violetas, a pesar de que “las primeras rosas florecen cuando las violetas ya se han ido de vacaciones y en cualquier caso rosas y violetas no se pueden recoger en un solo ramillete”?

La expedición en busca de los recuerdos lleva a la difícil vida de los niños italianos en la época fascista; tiempos de guerra y horror, en los que la memoria quisiera borrar de tajo alguno de los hechos que les avergüenzan o aterrorizan; pero también tiempos de juegos y sueños, que hacen del mundo un lugar digno de vivir.

La memoria no se construye sólo con lo que hemos tenido, sino también con lo que hemos perdido –“ese reguero de muertos que, con vivir, hemos ido dejando”– y en cada pérdida también da un giro nuestro destino, que a final de cuentas para todos tiene como meta final la muerte.

“Morir significa sustraerse al ciclo de la vida y a las palpitaciones del corazón. Por muy infernal que sea el infierno, sabría ver desde distancias siderales lo que he sido. El infierno no es desollarse en brea hirviendo. Contemplas el mal que has causado, nunca jamás podrás librarte de él, y lo sabes.”

En todo el libro, la niebla se empeña en habitar la memoria,  pero en algún lugar está la llama de la reina Loana, que despertará de su sueño al desmemoriado, que le devolverá su rostro.

Perla Oropeza

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