Violencia contra violencia / Terror cotidiano en el México de hoy

Por Gerardo René Herrera Huizar, especialista en Comunicación Estratégica y Seguridad

Evidentemente el panorama es desolador, la violencia campea por doquier, con una variedad de rostros y formas que acusan la descomposición paulatina y creciente que aqueja a la sociedad, bajo el acecho del crimen en cualquiera de sus expresiones y con un altísimo grado de impunidad.

Se atribuye con insistencia a la decisión de declararle la guerra al narcotráfico, lo que desató el enfrentamiento armado y abierto de los cárteles e incendió regiones enteras del país con una violencia inusitada. Se ha cuestionado enfáticamente la fallida estrategia de confrontación a la delincuencia organizada empleada por gobiernos anteriores, involucrando directamente a las Fuerzas Armadas, y se ha conminado a los criminales, como nueva estrategia, a portarse bien. En contraparte, recientemente se ha instruido a la Guardia Nacional a conducirse con respeto a los delincuentes que también son seres humanos.

Pero ni las medidas de contención abierta, ni los pacíficos y amables llamados al orden, parecen haber funcionado para llevar a los violentos al camino del bien y de la moral. Los mexicanos se mueren en cantidades de miles y, no estamos en guerra.

A ese rostro de la violencia, al que parece nos fuimos habituando cual rana en agua hirviendo, al del enfrentamiento entre grupos rivales, con miles de balazos por el control de plazas, que al fin y al cabo “se mataban entre ellos”, se fueron sumando, poco a poco, otras formas de agresión a la convivencia social, no nuevas, pero sí en una cuantía en constante aumento: el asalto a mano armada en la vía o en el transporte públicos, la violación y homicidio de mujeres, feminicidios, secuestro y extorsión, entre los más comunes, que, vistos en conjunto, dan forma a un ambiente de pavor que se antoja imparable, implicando con más frecuencia a mujeres y niños como víctimas del terror cotidiano.

La impunidad ha producido, de manera consecuente, incentivos para los delincuentes. La miseria de sanciones legales, que no llega al diez por ciento de los delitos denunciados, tiene un efecto directo sobre el comportamiento criminal. A la falta de efectividad del sistema de procuración y administración de justicia, tradicional en nuestro país con la corrupción asociada, debe añadirse el efecto adverso de las reformas de 2008 que introdujeron el sistema de oralidad; y que a la fecha no ha terminado de cuajar, además de ser seriamente cuestionado por ofrecer la llamada “puerta giratoria” a los delincuentes, que encuentran facilidades en las fallas de procedimiento de los abogados, reales o artificiales, para evadir la acción de la justicia y pretendió ser subsanado por las nuevas reformas que no tuvieron paternidad ni denominación de origen.

El reclamo por el aumento sensible en la incidencia de homicidios comunes o por razones de género en contra de mujeres pasó, en breve tiempo, del activismo mesurado de colectivos feministas, a la protesta abierta, recurrente y agresiva, que en no pocos casos ha rayado también en extrema violencia y ha debido ser contenida por la fuerza pública con el empleo de contingentes policíacos integrados por mujeres, situación que ha abierto el debate sobre la pertinencia de la movilización violenta para exigir, precisamente, acciones contundentes contra la violencia.

Sin embargo, el clima de inseguridad y de violencia que se padece en prácticamente todo el territorio, con su hemática cauda depredadora, se erige como razón suficiente para justificar los modos y los medios que diversas organizaciones han elegido para visibilizar sus demandas y exigir respuestas. Los abundantes casos sin resolver y los atroces asesinatos de fechas recientes de una joven mujer y una pequeña de apenas siete años, son más que suficientes para justificar la indignación, no sólo de los colectivos, sino de toda la sociedad.

México padece una enfermedad profunda, una epidemia que se expande, contaminando perceptiblemente todos sus órganos y su sangre, un cáncer perverso y contagioso que, a medida que crece, hace más difícil su tratamiento y extirpación. Los antídotos prescritos en el pasado, es verdad de Perogrullo, no han surtido efecto y hasta hoy, tampoco las nuevas recetas. Se llama corrupción, las evidencias están a la vista y no requieren de mayor demostración. El Galeno debe aplicarse.

La criminalidad se nutre de la tolerancia, de la indiferencia, de la ambición, de la connivencia, de la omisión de la autoridad, pero también de la indolencia, de la pasividad, del miedo y de la distracción de las sociedades.

El horno no está pa’ bollos, prudencia y acción.

Foto de portada: Quadratín.


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