De la violencia criminal al altruismo humanitario

Por Gerardo René Herrera Huizar, especialista en Comunicación Estratégica y Seguridad.

Absortos en el tema de la peste y en las repercusiones inmediatas que están teniendo en el ánimo social el temor desbordado, justificado o no, la prolija difusión de información cruzada, el escepticismo sobre los datos oficiales, la confrontación entre grupos de poder de índole diversa, con visiones y versiones divergentes de la realidad económica, política y social respecto de las prioridades y potenciales consecuencias, apoltronados en los espacios de confinamiento y reducidos al papel de simples receptores, se ha dejado de lado la atención de situaciones que, antes de que la enfermedad apareciera, ocupaban el primerísimo lugar en la agenda de las preocupaciones ciudadanas y, alarmantemente, siguen vigentes y en aumento.

La complejidad del momento, caudaloso y turbulento río, donde confluyen al infortunio sanitario, tiempos e intereses políticos, ambiciones personales, confrontaciones y reclamos, ha despertado toda clase de apetitos y tentaciones, de alguna manera esperadas, por parte de los sempiternos pillos, embaucadores y especuladores que hacen de la incertidumbre ambiente propicio para la fechoría y de la tragedia botín.

Altamente preocupante es, sin duda alguna, y de primer orden en la agenda nacional, la emergencia sanitaria y los impactos inmediatos en la actividad económica que ya extiende su no menos mórbido abrazo sobre cientos de miles de mexicanos que vienen quedando en el desamparo.

El río revuelto, reza el refrán, otorga ganancias a los pescadores que, ante la actual crisis, obviamente, abundan. A la oportunidad la pintan calva, señala otra conseja y siempre habrá –condición humana– quien busque aprovecharla. Jugosos negocios pueden surgir a la sombra de la catástrofe, grandes fortunas pueden construirse con los detritos de la calamidad y, desde luego, nuevos paladines pueden erigirse como benefactores del pueblo, mientras el entramado social se resquebraja.

En tanto el gobierno está concentrado y ocupado en el asunto de la salud, la sociedad confinada para no contaminarse, los espacios públicos cancelados y algunos gobernadores colocando esposas a los peligrosos violadores de la norma que no usen cubrebocas, los criminales se regocijan mostrando músculo y retando al Estado una vez más, si bien de una forma diferente, no menos preocupante.

Las organizaciones criminales ostensible y abiertamente han adoptado un papel altruista y se han dado a la tarea de repartir despensas en diversas comunidades con logotipos publicitarios del respectivo cártel.

No se entiende este carácter “humanitario” de los grupos que violentan la paz pública con miles de asesinatos y ejecuciones de extrema crueldad, sino bajo la pretensión de consolidar su control territorial, generar simpatía y robustecer su base social como estrategia de protección a sus actividades delictivas, aprovechando los espacios que brinda la emergencia.

Ciertamente, no es novedad el reparto de obsequios entre la población por parte de la delincuencia, lo que sí resulta novedoso es la simultaneidad, la concurrencia de la temporalidad y el método que emplean los diferentes grupos en regiones diversas, lo que evidencia su coordinación para penetrar en el ánimo social como sus bienhechores.

El riesgo que entraña la circunstancia no es en absoluto despreciable, no debe perderse de vista el constante incremento de homicidios dolosos –sólo en marzo la cifra oficial contabilizó 2,585 víctimas– y el ambiente generalizado de inseguridad en todo el país. La capacidad de control territorial, la movilidad e impunidad con que actúan los grupos delincuenciales es bien sabida y si a ello se suma el apoyo comunitario, la amenaza se potencia.

A la crisis sanitaria que será seguida por la económica se sumará, según los pronósticos, la crisis social, escenario que puede resultar caótico si desde luego no se perfilan las medidas mínimas para contenerlo.

Muchos frentes se han abierto en la dinámica nacional, todos de gran relevancia y atención inmediata que amenazan, en su complejidad, con rebasar la capacidad de respuesta institucional y si a ello se adiciona la estructura criminal como un poder paralelo, con arraigo y empatía entre la sociedad y gran capacidad corruptora, el riesgo alcanza la estabilidad y seguridad misma del Estado.


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