Toxcatl Ilhuitzin // 500 años después de la masacre del Templo Mayor

Existen fechas inolvidables en la historia de las sociedades y pueden ser buenas, malas o peores, pero están ahí para recordarnos que siempre seremos nuestra memoria… para blindar nuestra identidad cultural frente al olvido.

Una de estas fechas fatídicas es la conmemoración de un episodio doloroso para los mexicanos en el escenario del encuentro de dos mundos, la masacre del Templo Mayor.

De acuerdo con las fuentes históricas y la memoria de los mexicanos que han contribuido a rescatar del olvido a los pueblos originarios, se cumplen cinco siglos de esa masacre (1520-2020), que aceleró otros acontecimientos y que un año más tarde culminaría en la caída de la Gran Tenochtitlan y del imperio azteca.

Quedaron testimonios de otra masacre, la de 1519 en Cholula, Puebla, pero no sabemos si los mexicas confiaron en que eso no les ocurriría.

Y miren que la conmemoración de esta fecha fatídica, la de mayo de 1520, coincidió con la peor crisis sanitaria, económica y cultural contemporánea, detonada por la pandemia del Covid-19, que destruyó la vida cotidiana que creíamos intocable, pues nos obligó al aislamiento para escapar del contagio letal.

Los datos más recientes (al 15 de mayo) estimaban alrededor de 4.5 millones de personas infectadas en el mundo y poco más de 305 mil fallecimientos.

Por fortuna el confinamiento no pudo ponerle cadenas al pensamiento y sabemos que representantes de los grupos originarios elevaron sus recuerdos para honrar la memoria de los caídos hace cinco siglos, la memoria de aquellos mexicas que estaban de fiesta ritual y desarmados.

Ya habrá tiempo para retomar la danza y compartir el amaranto, para no permitir que nuestras raíces se esfumen.

Tan lejos y tan cerca

En 500 años muchas cosas han cambiado y es complicado encontrar la esencia del pasado que ha logrado abrirse paso hasta llegar a nuestro presente.

Los bailes y danzas que hemos disfrutado en las calles del Centro Histórico, tanto en la Plaza Tolsá, la Plancha del Zócalo y frente al Templo Mayor, tienen un significado especial, son algo más que la sola evocación de nuestras raíces indígenas.

Los días 17 y 18 de mayo marcan el festejo más significativo de los aztecas, el Toxzcatl Ilhuitzin, una ceremonia de petición de lluvias dedicada a la deidad solar, Huitzilopochtli -el colibrí izquierdo, el guerrero portentoso-, el mismo ritual que hace 500 años se realizó para ahuyentar la sequía y que terminó bajo el filo y las puntas de las espadas de los soldados comandados por Pedro de Alvarado.

Este terrible episodio reseñado en la ‘Visión de los vencidos’ de Miguel León Portilla, en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y registrado en códices Florentino y Durán, perpetrado en mayo de 1520, precipitó otros acontecimientos como el asesinato de Moctezuma II, y la feroz respuesta de los aztecas que provocó la huida de los aventureros y sus aliados y bocetó la mítica escena de Hernán Cortés llorando desconsolado en el ahuehuete de Popotla.

Asomarnos por estas ventanas al pasado nos ayudan a comprender el presente.

Con apoyo de la información publicada en la revista especializada en cultura náhuatl-mexica Tetzahuitl de la Fundación Zemanauak Tlamachtiloyan y con la guía de Jaime Morales Olivos, director de la Cooperativa Teocalli Tulyehualco, hoy podemos confirmar que nuestras raíces siguen vivas.

Huitzilopochtli de amaranto

Seguramente les ha llamado la atención a quienes trabajan en el Centro Histórico, así como a quienes gustan de caminar y disfrutar sus espacios, que en el mes de mayo los grupos de danza originaria se acompañan de una gran figura azul turquesa ataviada como los grandes guerreros aztecas, ni más ni menos que la representación de Huitzilopochtli.

Lo más impresionante de esta escultura es que está elaborada como hace 500 años, con cereal y miel, el dulce tradicional que todos conocemos como alegría, de semilla de amaranto (tzoalli huautli). Al final de la ceremonia se reparte el amaranto entre los participantes.

La celebración del Toxcatl Cempohual Ilhuitl no era una ceremonia dedicada a la guerra, nos explica Jaime Morales Olivos, se refiere a la veintena de lluvias escasas, o de las cosas secas, que tras la conquista quedó prohibida y sólo resurgió 450 años después.

Los frailes prohibieron el ritual pues lo consideraron como obra del diablo y una práctica de canibalismo por comer simbólicamente la carne (de amaranto) y la sangre (la miel) de Huitzilopochtli.  

Estudiosos proponen que el Toxcatl fue una ceremonia solar pues coincide con los momentos en los que el sol pasa por el cenit de la Ciudad de México, en su viaje hacia el Trópico de Cáncer, lo que produce una imagen cósmica “cuando el sol devora a la sombra”.

Pasaron 457 años y al mediodía del 17 de mayo de 1977, resurgió el Toxcatl como ceremonia contemporánea y para recrearla llegaron hasta Tulyehualco donde vive la familia Morales Olivos, herederos de varias generaciones dedicados al cultivo y la elaboración del dulce de amaranto.

Las primeras ofrendas, además de las danzas, consistieron en una marqueta con la imagen de Hutzilopochtli.

Para el año de 1990, eran ya 50 las organizaciones no gubernamentales defensoras de nuestras culturas ancestrales y promotoras de esta ceremonia dedicada a no olvidar. En 1996, Jaime Morales Olivos, hoy director de la cooperativa agropecuaria Calpulli y de la empresa El Sabor del Amaranto, asumió el compromiso que le heredaron sus padres, doña Agustina y Cornelio, para elaborar la escultura de “colibrí izquierdo”.

Con la entrada del siglo XXI, la escultura de Huitzilopochtli, con alma de varas de madera y de unos 2.30 metros de altura, fue recreada como la descrita por los mexicas.

En este año pandémico, los artesanos de Tulyehualco, las organizaciones dedicadas a preservar las culturas originales, los náhuatl hablantes y los entusiastas danzantes tendrán que hacer una pausa forzada.

Pero están decididos a no olvidar.

Miguel León Portilla siempre dijo no al chovinismo patriotero, pero compartió está reflexión de un sacerdote mexica: “Ve ahí donde enterraste el corazón de Copil y vas a ver un águila devorando una serpiente, porque en tanto que dure el mundo, no acabará, no terminará la gloria, la fama de México-Tenochtitlan”.  

El Toxcatl perdurará más allá de masacres y pandemias.

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