Maquiavelo y el elogio del engaño, sólo por analogía

Por Gerardo René Herrera Huizar, consultor especialista en Seguridad Nacional

La obra más famosa del gran florentino Nicolás Maquiavelo es, sin duda, aquella que ofrece a Lorenzo de Medici, como humilde ofrenda y con su más profundo deseo que el príncipe logre conseguir aquella grandeza que su fortuna y sus grandes cualidades le prometen, una serie de consejos.

Obra indispensable en el estudio de la ciencia política, pletórica de claroscuros éticos es, para unos, pragmatismo puro para la obtención y conservación del poder y, para otros, una guía para su eficaz ejercicio, donde el engaño, el cinismo y la inmoralidad encuentran cómodos espacios que justifican todo tipo de medios empleados, lícitos o no, en pos del fin deseado. Como sea, El príncipe ha sido para muchos, un texto de cabecera, seguido a pie juntillas que, a todas luces, sigue vigente cual catecismo, dadas las cotidianas evidencias, que libera de remordimientos a sus fieles usuarios.

Por mera casualidad, revisando el clásico texto, hemos encontrado, entre los consejos que el autor ofrece al príncipe, los contenidos en el capítulo XVIII “De como los príncipes han de mantener la palabra dada”, cuya actualidad resulta verdaderamente notable, vistas las similitudes que guarda con las circunstancias presentes en el quehacer público, que resultan sugerentes sobre los comportamientos de nuestra flamante clase política.

Aquí se reproducen los más significativos:

“Todos sabemos cuán loable es en un príncipe mantener la palabra dada y vivir con integridad y no con astucia; sin embargo, se ve por experiencia en nuestros días cómo aquellos que han tenido muy poco en cuenta la palabra dada y han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres, han hecho grandes cosas superando al final a aquellos que se han basado en la lealtad.

“Debéis, pues, saber que hay dos modos de combatir: uno con las leyes; el otro con la fuerza; el primero es propio de los hombres, el segundo de las bestias; pero, puesto que el primero muchas veces no basta, conviene recurrir al segundo. Por lo tanto, es necesario que un príncipe sepa actuar según convenga, como bestia y como hombre.

“Por consiguiente, un señor prudente no puede, ni debe, mantener la palabra dada cuando tal cumplimiento se vuelva en contra suya y hayan desaparecido los motivos que le obligaron a darla.

“Y si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no lo sería, pero como son malos y no mantienen lo que te prometen, tú tampoco tienes por qué mantenérselos a ellos.

“Además, jamás le han faltado a un príncipe motivos legítimos con los que disimular su inobservancia.

“Pero hay que saber disfrazar bien tal naturaleza y ser un gran simulador y disimulador; y los hombres son tan crédulos y tan sumisos a las necesidades del momento, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

“Alejandro VI no hizo nunca nada ni pensó nada más que en engañar a los hombres y siempre encontró con quien poder hacerlo. No hubo jamás hombre alguno que aseverara con mayor eficacia ni que afirmara cosa alguna con más juramentos y que, sin embargo, menos la observara: y a pesar de ello siempre le salieron los engaños según sus deseos…

“Un príncipe no ha de tener necesariamente todas las cualidades (…) pero es necesario que parezca que las tiene… me atrevería a decir que son perjudiciales si las posees y practicas siempre, y son útiles si tan sólo haces ver que las posees…

“…parecer compasivo, fiel, humano, íntegro, religioso, y serio; pero estar con el ánimo dispuesto de tal manera que si es necesario no serlo puedas y sepas cambiar a todo lo contrario.

“Debe, por lo tanto, el príncipe, tener buen cuidado de que no se le escape jamás de la boca cosa alguna que no esté llena de las citadas cinco cualidades y debe parecer al verlo y oírlo, todo compasión, todo lealtad, todo integridad, todo humanidad, todo religión.”

Finalmente, remata don Nicolás: “Procure pues el príncipe ganar y conservar el estado: los medios serán siempre juzgados honorables y alabados por todos; ya que el vulgo se deja cautivar por la apariencia y el éxito, y en el mundo no hay más que vulgo…”

No abundaré con opiniones vanas, la elocuencia del discurso es maquiavélicamente explícita. Quede al amable lector encontrar la analogía y aplicarla al personaje que elija.

Quizá podamos explicarnos el origen y naturaleza de tanta inmoralidad que nos inunda por doquier, no pocas veces revestida, precisamente, de principios éticos.

“Haced lo que os digo, no lo que yo hago” diría el monarca.

Foto tomada de Internet.

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