Análisis: El fracaso de la Guardia Nacional (I)

Por Avelino Granados, periodista especializado en temas de seguridad.

Transcurrida la primera mitad de este gobierno, en los hechos quedó demostrado que nada ha funcionado en materia de seguridad y que la militarizada Guardia Nacional (GN) fue un fracaso en su intento por operar como policía con un supuesto mando civil, por lo que no se cumplió con los objetivos de llegar al “punto de inflexión” que marcaría el inicio de la “pacificación” del país, como tanto se prometió en un principio.

Ahora el Presidente Andrés Manuel López Obrador pretende solventar su error proponiendo que la GN pase a formar parte directamente de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), pero sin cambiar su fallida “estrategia” de seguridad. 

En tanto, el desorden que prevalece en la coordinación de esa fuerza por demás castrense y la falta de capacitación en labores policiales de los elementos que la integran -en su mayoría militares y marinos comisionados, con plazas en la Sedena y la Secretaría de Marina (Semar) donde cobran su salario-,  ha llevado al Estado mexicano a colocarse de rodillas ante el empoderamiento del crimen organizado que sigue actuando con toda la impunidad. 

Aunque durante su Tercer Informe de Gobierno el Presidente intentó cuadrar sus cifras para demostrar que en seguridad “vamos bien”, la realidad que vive nuestro país demuestra todo lo contrario. Hasta incómodo se le notó cuando aseguró que en México hay baja incidencia delictiva, por lo que “hay gobernabilidad”. Mencionó que los homicidios han disminuido 2%, el robo de vehículo en 40%, el secuestro en 41% y el robo a casa habitación en 26%”.

Nada más alejado de la realidad. México vive una de las peores etapas de violencia criminal por conducto de los diferentes cárteles que asolan al país, lo que ha ocasionado un verdadero baño de sangre con el incremento en el número de homicidios dolosos.

En lo que va del sexenio, de acuerdo con la consultora TResearch, el número de homicidios dolosos llegó a 87 mil 271, mientras que en el mismo periodo, hubo 42 mil 489 en el gobierno de Peña Nieto, y 30 mil 572 en el de Calderón. (El Financiero. Raymundo Riva Palacio 2021).

A esas cifras se suman los muertos surgidos de las recientes masacres, como la ocurrida el 19 de junio, en Reynosa, Tamaulipas, donde un grupo de delincuentes asesinó a 15 civiles en diferentes colonias de esa ciudad, con el despiadado argumento de sólo “para calentar la plaza”. Cinco días después, en Valparaíso, Zacatecas, la violencia dejó 18 muertos en un enfrentamiento entre supuestos integrantes de las dos agrupaciones delincuenciales más poderosas de México, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el Cártel de Sinaloa. Y qué decir de las matanzas,  asesinatos, feminicidios y hechos violentos registrados en diferentes zonas del país como Guanajuato, Michoacán y Estado de México, entre otras entidades asoladas por los grupos criminales.

No obstante, en su informe, López Obrador tuvo que aceptar que los feminicidios se han incrementado en 14%; el robo a transporte público en 9% y la extorción en 26 por ciento. Sin embargo, lo más grave de sus declaraciones y que rayan en el cinismo, es cuando destaca que los grupos del crimen organizado que actualmente operan en México ya estaban integrados cuando él asumió el poder; que hasta ahora no se ha formado ningún nuevo grupo criminal. Bonita justificación ante la negligencia en el combate al crimen organizado o burda justificación para no enfrentarlos.

Y mientras las fuerzas de seguridad sustentadas en la Guardia Nacional se abocan a otras actividades de apoyo social como la distribución de vacunas y la titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), Rosa Icela Rodríguez Velázquez, se desempeña en apoyar los programas sociales federales y a leer en las mañaneras el reporte mensual de las estadísticas oficiales de la incidencia criminal, los cierto es que después de pasada la sangrienta etapa electoral en la que el crimen organizado dejó ver su músculo para intervenir en la política con el asesinato o imposición de candidatos, sigue latente la falta de un programa real de combate a la delincuencia.

Desde el inicio de las campañas en los comicios locales, 91 candidatos fueron asesinados, y se registraron aproximadamente 910 agresiones de distinta índole a candidatos y funcionarios electorales, que van desde amenazas e intimidaciones, hasta ataques, golpes, secuestros y homicidios, lo que convierte al actual proceso electoral en uno de los más violentos, según la consultora Etellekt. (Animal Político 2021)

Pese a todo, no hay visos de que el Presidente cambie su política de seguridad. Su visión es la misma: terminar con la violencia desde la raíz a base de programas clientelares, a la par de la inacción de las fuerzas del orden con el banal argumento de no reprimir al pueblo, aunque los muertos se incrementen, la violencia se acreciente y el crimen organizado siga operando libremente con la instrucción presidencial de no enfrentarlo.

Jamás reconocerá error alguno en su gestión. Nunca aceptará que fue un gran error desaparecer a la Policía Federal, en vez de “limpiarla” y fortalecerla, cuando hoy urgen los trabajos de investigación e inteligencia para hacer frente a los poderosos cárteles que se van adueñando de distintos territorios del país; que la Guardia Nacional no fue lo que se prometió y que a estas alturas sigue inmersa en la indefinición y la inoperancia. Y para convencer a la sociedad de la efectividad de su fallida visión están las justificaciones, el discurso triunfalista, los galimatías declaratorios y la culpa al pasado, argumentos estos utilizados  tanto por el Presidente como los funcionarios encargados de la seguridad.

Por su parte, con la petulancia que caracterizan sus discursos propagandísticos, el Primer Mandatario de la Nación asegura que nuestro país “está en calma, (que) hay gobernabilidad, (que) hay tranquilidad”. Como hemos dicho en números anteriores, López Obrador vive inmerso en su propia realidad, mientras que la verdadera, la otra, la que vivimos los mexicanos muestra una escenario muy diferente. Y lo peor es que se la cree y no tiene la más mínima intención de rectificar y mucho menos de dar una vuelta de timón en su política de seguridad.

A la par de ese fracaso, López Obrador nunca reconocerá error alguno en su gobierno, mucho menos en esta materia y, para ocultar las fallas y los fracasos, insiste en hablar de su propia realidad.

Siempre sonriente, sarcástico y burlón, asegura que se está avanzando en todos sentidos y que hay seguridad, porque “…si no hay seguridad, no se avanza”. Claro, en su mundo, en su realidad, en su imaginario país.

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