Culiacán, octubre rojo

Imagen: Quadratín.

Por Gerardo René Herrera, especialista en seguridad.

“Culiacán, capital sinaloense, convirtiéndose en el mismo infierno, fue testigo de tanta masacre, cuantos hombres valientes han muerto…” ‘La mafia muere’, Ramón Ayala .

El caso ha quedado para la historia, no sólo por lo modernamente inusual, sino por insertarse en un proceso complejo, de cambio paradigmático que toca muchas aristas del presente y futuro de México.

Los años 70 y 80 fueron emblemáticos en el desarrollo y crecimiento de personajes dedicados al tráfico de drogas, con especial relevancia en el triángulo dorado, la confluencia de los estados de Chihuahua, Durango y Sinaloa, fértil geografía para la siembra de marihuana y amapola, materia prima (goma de opio) para la producción de heroína y morfina, cuya principal demanda era, y sigue siendo, el lucrativo mercado norteamericano.

El boom se registró en la década de los setenta, obligando al gobierno -claro que por amable invitación externa- a implementar la estrategia de erradicación con el empleo del Ejército la denominada Operación Cóndor, que fue sustituida (en nombre, pero bajo el mismo esquema) por la Operación Marte, en la década siguiente.

Personajes como Pedro Avilés y Pablo Acosta se erigieron en la primera generación de famosos narcos, a los que siguieron Don Neto, Caro Quintero y Félix Gallardo. Más tarde, otros como Manuel Salcido Uzeta ( el Cochiloco), Amado Carrillo (el Señor de los Cielos), Osiel Cárdenas, el Barbas Beltrán Leyva y, desde luego, el Chapo Guzmán, forman parte de la galería del crimen que se reproduce y expande generacionalmente, con mayor cobertura geográfica, estructura empresarial y alcance internacional, con capacidad de penetración en los sistemas financieros y gubernamentales, amén, como ha quedado de manifiesto, de su fuerza física y capacidad de fuego, con un despliegue que puede garantizar un amplio control territorial.

Este geométrico crecimiento criminal no se explica si no se acude al génesis y los esquemas de ‘control’ que ejerció el Estado cuando la producción y el trasiego de drogas no era una amenaza, como lo es hoy, a la seguridad nacional.

En su momento, el tema fue regulado subrepticiamente por instancias regionales de la Dirección Federal de Seguridad y de la Policía Judicial Federal, los famosos y poderosos “yanquis” que, con el paso del tiempo, pasaron a ser socios y luego empleados del narco, conforme el crimen se fortaleció y penetró otros ámbitos de la estructura gubernamental.

Sinaloa, y su capital, han sido testigos de cruentas batallas, de agarrones entre delincuentes, entre estos y el gobierno. Asesinatos, ajustes de cuentas y ‘traiciones de honor’.

Quizá la entidad federativa con más héroes criminales en todo el país es precisamente Sinaloa, inmortalizados en corridos, en templos exprofeso y en innumerables plantíos de estupefacientes que son cubiertos con el manto protector de la efigie de Malverde o la Santa Muerte.

Entender la cultura del narco, su robustecimiento y sofisticación, parte de entender su origen e interacción histórica con el poder político y económico, primero local, luego nacional y hoy internacional, pero fundamentalmente, su profundo y multifacético componente social.

Lo sucedido en Culiacán hace unos días, no es novedoso, pero sí es enteramente preocupante para la salud de la República en proceso de reinvención.

Publicado en El Rincón del Chamán con autorización del autor. Publicación original en El Financiero.Mx.

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