Vivir entre fantasmas palaciegos y otras ocurrencias

Debe ser muy extraño pasar las tardes y especialmente las noches en Palacio Nacional.

Y lo suponemos porque no es un lugar cualquiera. Esos muros, techos y pisos llevan una enorme carga de episodios que han ido tejiendo la historia de una nación. Y es ahí donde hay de todo como en botica; recuerdos, distintas formas de ver el mundo, emociones atrapadas en los muros de quienes han visto pasar el tiempo desde ese lugar mítico que le imprimieron estilos diferentes quienes despacharon y vivieron en esas habitaciones y salones que durante siglos ha sido el eje del poder en México.

Pero también ha habido muchos sinsabores y hasta tragedias, algunas épicas.

Y no debe ser fácil sustraerse cuando imaginamos todos los que pasaron en las épocas del Imperio Azteca, la Conquista, el Virreinato, la Independencia, el Segundo Imperio, la Reforma, la Revolución, el México moderno y la desempolvada que le dieron en estas últimas fechas para que funcionara otra vez como recinto habitacional con internet y wifi.

En esta época en la que las imágenes de los héroes que nos dieron patria fueron extraídos de su espacio de confort, los libros de texto -cuando se acuerdan de ellos, claro- y los pusieron a trabajar como emblema de una era que nunca conocieron, es fácil caer en la tentación de imaginar a estos próceres deambulando por esos antiguos pasillos sin descontar que uno que otro espíritu chocarrero podría toparse con otros fantasmas a los que en vida no soportaban.

Fue la casa del supersticioso tlatoani Moctezuma, situada estratégicamente a un costado del Templo Mayor, luego terrenos propiedad de Hernán Cortés, su segunda casa. Más tarde los hijos del conquistador vendieron el predio a la corona para ser usado por los virreyes (hoy sus imitadores son mirreyes, dicen) hasta la independencia y luego la Reforma.

Fue la vivienda y despacho de don Benito Juárez, ahí murió el Benemérito, quien para sus asuntos de la Masonería no tenía que ir muy lejos pues ahí se realizaban los ceremoniales más importantes, hasta la sede de la Cámara de Diputados funcionó bajo aquellos techos. Ya se sabe que a Juárez le gustaba el clima caluroso, pero no el de Tabasco sino el de Nueva Orleans.

El Benemérito vivió en aquellos aposentos con doña Margarita Eustaquia Maza Parada a quien desposó cuando ella tenía 17 años. Aquí la aclaración es pertinente porque don Benito no tuvo nada que ver con doña María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló, quien fue la segunda esposa de Porfirio Díaz. Quién sabe quién filtró ese chisme que de haber sido cierto habría sido todo un escándalo, con duelo de pistolas. El hecho es que, aunque paisanos, el general Díaz se vio como Presidente 5 años después de la muerte de Juárez.

Hay que decir que no todos los que vivieron en Palacio Nacional son memorables, eso sí todos son memeables. A lo que nos referimos es que algunos vivieron y murieron con mala fama y otros con mala estrella.

Después de la época del virreinato, a los presidentes les gustó la idea de irse a vivir a Palacio Nacional. Lo que nadie duda es que no todos eran moneditas de oro aunque se consiguieran títulos excéntricos y hasta ridis para nuestra época.

Agustín de Iturbide designó (antecedente del decretazo) en 1821 a la segunda residencia de Cortés como Palacio Imperial, aunque prefirió vivir en el Palacio de los Condes de San Mateo Valparaíso, hoy Museo Banamex.

La historia registró a otros inquilinos que prefirieron el ambiente medio en penumbras de Palacio Nacional, muchos de ellos en el argot popular con nombre de calles, colonias o de estaciones del metro, entre ellos a Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Anastacio Bustamanete, Melchor Murquiz y Valentín Gómez Farías.

Antonio López de Santa Anna se cuece aparte pues es un personaje marcado por una pésima fama pública aunque fue presidente 11 veces, pero hay quien sostiene que sólo fueron seis periodos, pero esto se lo dejamos a los que sí saben de historia.

Después de Santa Anna estuvieron en Palacio Juan Álvarez y finalmente Benito Juárez quien fue y vino hasta que murió en 1872 en una habitación del primer piso.

Durante algunos años mi base para la reporteada diaria, por así decirlo, fueron las oficinas de Hacienda. Muy cerca en esa misma ala de Palacio estaban las oficinas de Programación y Presupuesto. Ahí despacharon Salinas, De la Madrid, Zedillo. En aquel entonces todavía se la rifaba para los oficinistas de la época, antecedente remotos de los Godines, la cantina El Nivel, hoy edificio de la UNAM.

Aunque reporteros y trabajadores de aquellas oficinas juraban que por las noches se escuchaban los cascos de los caballos de los carruajes de otros tiempos, en épocas en que no había luz eléctrica, había quien imaginaba el paso de sombras, pero no se sabe si eran espíritus en pena o espíritus que no han querido abandonar las paredes donde conocieron y disfrutaron del poder.

Nadie puedo confirmar que en algún lugar de Palacio Francisco y Madero (el Apóstol de la Patria) tuvo sus famosas sesiones para consultar a los espíritus cosas de gobierno. En las elecciones de 1910 Porfirio Díaz se declaró ganador con un abrumador 98.96 por ciento de los 18 mil 625 votos, pero nadie se la creyó y estalló la revolución. En las elecciones de reposición ganó Madero y José María Pinos Suárez fue vicepresidente.

La campaña de Madero fue muy interesante pues hubo panfletos en los que se leía “También los espíritus votan”. En ese mismo panfleto se proponía como vicepresidente al “Culto, Integérrimo y tan calumniado Emiliano Zapata”. Eso decía el volante.

El punto es que los espíritus amigos de Madero, le fallaron porque no le avisaron de la traición de Victoriano Huerta y el golpe de Estado que lo derrocó. El golpe tuvo lugar del 9 al 19 de febrero de 1913 (diez días); el 20 de febrero Huerta fue designado Presidente y el 22 Madero y Pino Suárez fueron asesinados. Para que no le digan, para que no le cuenten este episodio se conoce cómo La decena trágica, aunque hay quien tiene otros datos.

Nadie quisiera imaginarse a Madero y Huerta, bueno sus sombras, frente a frente en algún pasillo del viejo Palacio Nacional. Saldrían chispas.

Ya en serio, otra época memorable fue la marcada por la decisión de quienes prefirieron otro Palacio, el de Chapultepec. El edificio lo habían remodelado Maximiliano y doña Carlota en el llamado Segundo Imperio, obvio antes del episodio del Cerro de las Campanas, lugar que ni es cerro y dónde ni hay campanas.

A Díaz lo siguieron personajes como Madero, Carranza, Álvaro Obregón Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, que tomaron Palacio Nacional solamente como despacho y para eventos especiales. A lo mejor eran harto supersticiosos.  

Es más ni siquiera al general Lázaro Cárdenas le pasó la idea de despachar en el virreinal Palacio Nacional, pues convirtió por decretó el Castillo de Chapultepec en sede del Museo Nacional de Historia y acondicionó el Rancho La Hormiga, propiedad de la familia Martínez del Río, como residencia oficial de Los Pinos desde 1935 hasta 2018.

En lugares con una atmósfera tan especial como el Palacio Nacional huele a historia y a mucha política, a veces salpicada de tragedia. Seguro es difícil conciliar el sueño.

Ojalá y los nuevos inquilinos no hayan caído en la tentación de sentarse en el sillón presidencial, aquel que se turnaron los jefes revolucionarios Francisco Villa y Emiliano Zapata para la foto. Pero eso nunca lo sabremos.

Otro dato poco científico es que los gatos que se aposentaron hace mucho en Palacio Nacional, son los únicos que pueden ver las almas tranquilas o atribuladas de otros tiempos. Eso dicen.

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