Corrupción, pobreza y violencia, el ADN del sistema político mexicano

…Cosa de tener paciencia, Ángel de la
Independencia, en mi jardín te he de ver…
Óscar Chávez, Parodias.

Por Gerardo René Herrera Huizar, especialista en Comunicación Estratégica y Seguridad Nacional.

Nada se ha dicho en las revelaciones del extraditado colaborador protegido, testigo denunciante más famoso e invisible de los tiempos recientes en el complejo entramado mexicano, que no tenga referente histórico en la vasta cadena de eventos que dieron vida y trascendencia a esta gloriosa nación y que, genéticamente, fueron incorporándose en su evolución al ADN político de la emancipada nación del yugo y las inequidades de la colonia.

Para efectos prácticos, los episodios de la vida nacional reportan, con sus luces, sombras y entredichos, una enorme cantidad de eventos, gloriosos unos, nefastos otros, no sólo de voracidad, dobleces, traiciones, saqueos y cobardías que acometen, día con día, la realidad histórica y la real personalidad de nuestros nobles y abnegados mártires, hombres y mujeres de hueso y carne, con pasiones y virtudes que, por buena o mala fortuna, construyeron el puente histórico por el que hoy caminamos. Plata o arcilla. 

Ciertamente, la historia patria ha enaltecido las virtudes de nuestros próceres y la ignominiosa conducta de los abyectos. Ha inyectado en las venas de la sociedad, desde su más tierna infancia, ejemplos de los más altos valores patrios, sacrificios de sangre y honor, pero también el desprecio de las reprobables fechorías de los perversos. Ángeles y demonios, que han sido estímulos todos, para la concepción de la actual nación mexicana, su identidad y cosmovisión. 

Pero, como siempre, el relato lo hacen los que ganan, los que dominan, los que tienen en su mano la posibilidad de escribir lo que conviene y dar la versión que decide la historia. Historia que, hoy más que nunca, se interpreta y escribe en el momento mismo del suceso, o incluso se induce previamente a que el hecho suceda, para gloria o vituperio.

El siglo XIX, lograda la independencia del dominio español, estuvo dominado por las luchas de poder entre caudillos, según la ambición o pertenencia ideológica: cuartelazos, levantamientos, traiciones, venganzas y ajustes de cuentas.

Hasta que Don Porfirio dio el manotazo y se hizo del poder.

Orden y progreso. Estabilizó al país, realmente puso orden (ciertamente sin abrazos y, más bien a sablazos), tomó el control y promovió el desarrollo innegable de México. Pero también, su longevidad, vital y política, prohijó la ancestral desigualdad, inequidad, polarización social, enojo, degradación de las clases excluidas y, naturalmente, motivó su organización en violentos contingentes que reclamaron al detentador del poder absoluto y unipersonal el abandono de la primera magistratura, largamente ocupada.

Cierto, más de treinta años de orden y progreso culminaron con el exilio. Los principales beneficiarios fueron los hombres del dinero, los capitales, los científicos, la alcurnia que se alejó de la realidad social profunda y proveyó los motivos y la razón suficiente para el levantamiento armado y sangriento tras el retiro de Don Porfirio. No hizo falta azuzar demasiado para despertar en la masa el deseo de revancha contra el antiguo régimen, encumbrado y distante.

Nada muy diferente al movimiento que por estas fechas conmemoramos en estos días y que dio vida, tras largos años de lucha, al México independiente.

Rebelión, muerte, devastación, crisis económica, social, política, diplomática, estancamiento y retroceso fueron los iniciales estragos de la primera revolución social del siglo pasado. Los ricos huyeron con sus riquezas, los pobres se quedaron para matarse y luchar por la prometida y anhelada justicia social y, paradójicamente, pasaron de ser los sirvientes de las haciendas porfirianas a ser carne de cañón y de nuevo, sirvientes obligados de los caudillos, apropiados de vidas y haciendas.

No pocos delincuentes, antes perseguidos por sanguinarios hechos, se transformaron en héroes, algunos letrados indispensables se sumaron, por conveniencia, temor o convicción a la nueva ideología revolucionaria enarbolando justicieros postulados.

La nueva realidad de la justicia revolucionaria no hizo otra cosa que adoptar, en muchas formas, los modos del sistema porfiriano, pero ya no bajo el mando de un solo hombre todo poderoso, sino mediante la construcción de un andamiaje complejo y hereditario que abarcó en su estructura, prácticamente, todos los sectores sociales de manera monolítica, bajo la simulación democrática que pudo conservar el poder absoluto durante todo el siglo.

Poder, poder y poder. Control social, apaciguamiento político y dirección centralizada.

La institucionalización se fue dando de la mano de la herencia. Los herederos de la revolución, los principales caudillos, se adueñaron del Estado y, consecuentemente, cedieron los derechos del poder a sus sucesores, con las relaciones, la protección y los compromisos inherentes. Aderezado todo con su correspondiente dosis de corrupción e impunidad. “Un político pobre sería un pobre político”.

Así, siguieron los cachorros y luego los cachorritos. En fin, la casta política que, hoy en día, sigue vigente y reclama sus derechos ancestrales, desde luego, con saberes y ejemplos mejorados, de lo que da cuenta la vergonzante difusión de noticias y filmaciones filtradas sobre trascendentes y obscenos actos de corrupción de relucientes personajes, hasta hoy, arropados por la opacidad e impunidad.

No es de extrañar entonces la crítica situación que padecemos en materia de violencia, de pobreza, de inequidad y desigualdad, si venimos arrastrándola de manera histórica en nuestro torrente sanguíneo como sociedad y ha llegado a niveles exasperantes y desbordados que hacen impensable su contención.

La pandemia nos ha obnubilado, naturalmente, por su magnitud y letalidad, la amenaza es patente y absorbe nuestra atención, pero los reales problemas de México, que ponen en grave riesgo al país, en materia política, social y económica, están ahí y apenas los percibimos.

La violencia no se explica sin la connivencia y sin la rampante corrupción que está en nuestro día a día y se resume en una sensación de miedo, incertidumbre e indefensión.

El terror cotidiano ante la realidad y frente al optimista discurso.

Resultado de esta circunstancia, es el círculo perverso que se regenera día a día y como serpiente se muerde la cola a sí misma.

Portada, Abel Quezada.

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